Los nuevos trajes del neocon

Existen un par o un trío de señales delatoras de artilugios que arropan el nuevo envoltorio del neoconservadurismo en vidriera. El mismo en esencia que supo reinar por breves lapsos en el siglo XX y con toda ferocidad en el siglo XVIII o un poco antes. Y que consiste básicamente en una minoría al goce de tales beneficios, con una mayoría reeducada para aceptar esta situación como inexorable.
Hace 2 años ASUNTOS DE FONDO


#MacaneosDePalabra

El estruendo lingüístico, el utilitarismo como herramienta y el desinterés por el efecto pernicioso hacia terceros, son algunos de los principales rasgos detectados en variantes actuales del populismo neocon. O lo que el analista y docente universitario Mario Riorda denomina “Discurso popularizante”, en un intento por diferenciarlo del mote de populismo que por acá se utiliza para estigmatizar a la centroizquierda.

El especialista resumió a esta práctica como “aquel  que nubla  la condición de democraticidad de un actor o del discurso político”. En su cuenta en la red social X, Riorda indicó este jueves que “son personas solitarias que no dialogan”, dado que “la ´otredad´, el sujeto (persona o institución) destinatario de la adversarialidad sólo es concebido para ser humillado, pisoteado”.

Esta tendencia persigue el objetivo que el rival “no sólo trastabille”, sino que además  “caiga y además  quede golpeado y estigmatizado. La anulación de su condición de  adversario parte de un juicio moral categórico que quita de sustancia la  validez y aptitud de las personas opositoras en el juego democrático.  Humillación, provocación, escandalización son sus elementos”. En esta dirección, “la democracia es concebida como un juego de exclusión”, dado que “ganar es la  muerte política del adversario”.

Además, este discurso popularizante “promueve la tribalización como colectivos cerrados. Liderazgos con fans. Las normas del  consenso interno de los grupos, como acto tribal, priman por sobre las  normas del consenso democrático”. De ahí, la “celebración, exaltación y mitificación  del liderazgo hacen a una distinción identitaria. Mientras más  disrupción, más osadía, más devoción tribal”.

Ciertamente, quienes practican esto no tienen “pretensión de verdad”. Más bien, debido a un desinterés por  la “veracidad ni lógica”. El actor de este discurso es propenso a la producción y provisión de “desinformación o bien, directamente de fake  news”.

Lo que habitualmente se verifica porque “en su propia tribu, tiene capacidad de resignificar el pasado a  cada rato, incluyendo la negación de la evidencia. El discurso,  arrogantemente, se presenta como precientífico y premoderno”.

Los mencionados enunciadores siempre “juegan al límite. El  concepto de eficacia pragmática guía. La búsqueda de la máxima  asertividad sin límites fácticos, éticos ni de formas de justicia. El  discurso justifica los medios. Lo que sirve, no importa como se logra. Lo que sirve, no importa lo que daña. Lo que sirve, no mide  consecuencias”.

En conclusión, es un punto de partida ideológico que “se presenta con una estética  asociada al histrionismo como goce. Con poca evidencia, pero con mucha estridencia. Llama la atención y suele ser un punto ordenador del que la mayor parte del  sistema político se diferencia”. Con pretensiones de convertirse en “un eje que articula o modifica” una continuidad en el escenario político-ideológico. O sea, el mismo objetivo neoconservador arropado con estética que pareciera novedosa. 

NdR, 11 de enero de 2024.

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