Por: Licenciado
Ricardo Auer (*).
El sistema
global de poder se sustenta básicamente en los actores principales (USA, China,
Rusia y el Poder Financiero, que se mueve en forma independiente) y algunos secundarios
(Japón, India, EU, Inglaterra, Israel, Indonesia, Saudiarabia, Turquía, y
otros). Los conflictos del mundo presente se centran principalmente en la
disputa tecnológica y en la creación del empleo. Temas como deudas
financieras, estados fallidos, globalización, narcotráfico, ideología,
ecología, género, migraciones, si bien son de gran importancia, sólo preocupan
a algunos países o a los directamente interesados. Pero no son issues
trascendentales para los actores centrales. Y bastante poco en muchos de los
secundarios. Hay que tener claro estos puntos de referencia para entender desde
la óptica global lo que ocurre en nuestro alrededor. Porque considerar que
nuestros problemas y conflictos son el ombligo del mundo nos puede llevar a
equivocarnos de rumbo, una vez más.
Ninguna
ideología puede cambiar el rumbo de la decadencia nacional actual. Ni el liberalismo, ni el marxismo, ni
la doctrina justicialista pueden hoy en Argentina cambiar la realidad actual.
Pueden servir de base para el análisis y el debate de ideas del rumbo a tomar,
de cuáles son las fallas intrínsecas de esta sociedad dividida, con graves
niveles de anomia, violencia y maltrato a las mujeres. Pero ese debate,
iniciado desde hace muchas décadas ha mostrado que no ha servido para lograr un
entendimiento común, una base para modificar conductas ni para aprender de los
errores, y tampoco ha servido para encapsular los inmensos problemas que se
siguen acumulando cual capas geológicas.
El problema
argentino es emocional. LOS ARGENTINOS NO QUIEREN A LA ARGENTINA; NO QUIEREN A
SU PAÍS. Casi todos están insatisfechos con él y descargan su odio u ofensa, de
modo diverso. Siempre la culpa la tiene algún otro: el gorila antiperonista; el
negro que no quiere laburar, la ineptitud de la política, el imperialismo, la
infiltración marxista leninista; los militares, los civiles, el campo, los
industriales, Sarmiento, Rosas, los italianos, los españoles, la Iglesia
Católica, los judíos, los árabes, los pañuelos de uno u otro color. Nunca somos
responsables nosotros mismos como sociedad. Siempre son los otros. Siempre
tenemos alguna excusa a mano.
Así vamos
transcurriendo las décadas sin encontrar el rumbo que nos lleve a resurgir como
Nación, capaz de aceptar los desafíos del futuro. Como alguna vez lo pudimos
hacer.
El presidente
Alberto Fernández, cabeza de un gobierno de coalición, intenta acercarse al
ideal de concentrarnos en los temas principales, pero, o no lo dejan, o se
desconcentra, o intenta ganar tiempo con distracciones secundarias. Estamos
inmersos en una guerra asimétrica, aunque muchos no se den cuenta y creen que
se embarcaron en un crucero de lujo, que podría llegar a ser el Titanic, o
estar afectados por el coronavirus. Todo en la guerra es muy sencillo; pero
aún lo más sencillo es muy difícil, decía Karl von Clausewitz. Las tres
etapas pensadas: negociación por la deuda, plan económico-social y etapa
política podrían llegar a ser totalmente abstractas en los caminos a transitar
de la política externa e interna. Los internismos de la política y las disputas
de espacios de poder gubernamental en el marco de sociedades crecientemente
polarizadas y la falta de iniciativas políticas en casi todos los ministerios,
podrían ser como “pasto seco” para los incendios que podrían desatar los
poderes ocultos de la sociedad incivilizada local o global. Me refiero a los
carteles de la droga, los barrabravas, las “células dormidas”, las mafias
internacionales y a sus financiadores enmascarados. En el marco de agendas
donde hay poco para distribuir, podría crearse un combo virtualmente
explosivo. El peronismo es experto en resiliencia y cuando está en la oposición
se amolda bien para generar una coalición electoral (todos unidos
triunfaremos) que le permite ganar en las urnas. Pero gobernar es muchísimo
más complejo; más aún cuando hay peleas internas.
Tal vez sea el
momento de gestionar sin etapas previamente enlazadas y atacar todos los temas
en simultáneo, aún a riesgo de errar y corregir; lo que también ya se está
haciendo en lo estrictamente económico. La gestión debería enunciar metas,
objetivos, tiempos y programas de gobiernos en cada ministerio. Ello llevaría a
visualizar un gobierno con acción y con ideas, base de la esperanza ciudadana.
También otros agentes externos e internos podrían entrar en el debate, del que
no hay que rehuir. Las turbulencias son propias de la etapa.
Queremos llegar
a introducirnos en el mundo moderno, de la tecnología 4.0, de la creación de
empleo del futuro. Pero que estamos debatiendo actualmente? Sin duda
temas importantes para mucha gente: tasa de aumento a los jubilados, hambre en
Salta y en el conurbano, precios cuidados, indexación de los contratos de
trabajo, violencia juvenil. Con esa agenda, un futuro con esperanza se vuelve
difícil, lejano y abstracto; la incertidumbre domina el escenario nacional y va
quedando poco margen para la esperanza. Un Gran Plan Nacional necesita un Nuevo
Relato esperanzador; bien diferente al de las viejas confrontaciones, que
escape del Pasado y se introduzca en el Futuro. Una Política de Estado,
expresión de una Estrategia Nacional, traducida como un relato movilizador
popular.
Solo así
podremos iniciar una nueva etapa para generar riqueza, tangible o intangible.
Lo más relevante para la etapa actual es la generación de conocimiento
que efectivamente impacte en la economía real; ya que ello supone
inversión, no sólo material o física sino en la capacitación humana de todos
los argentinos. Si ello no ocurre en los próximos años, solo acumularemos
mayores problemas a resolver, y ni siquiera será posible mantener la actual y
poco justa relación de equidad social.
Los países más
desarrollados, e inclusive muchos otros, han elevado el nivel de los servicios
educativos. Perder el tren de la capacitación masiva, orientada a fines
prácticos y efectivos, es perder la batalla del desarrollo. Ello
requiere simultáneamente tener una Plan Estratégico que indique el rumbo
nacional, en cuanto a su especificidad e inserción mundial; con orientación
geopolítica y alianzas claves. A partir de establecer este punto central; la
elevación del nivel de la educación como el bien más preciado nacional, se va
estableciendo las siguientes prioridades correlativas, lo que en definitiva es
un Plan General de gobierno.
Las falencias
educativas son varias y no precisamente debe centrarse en la escusa de siempre:
faltan recursos y problemas edilicios. Los problemas de la educción
argentina son mas conceptuales; se debe preparar a los estudiantes a
tener espíritu emprendedor; a afrontar emocionalmente las dificultades que
siempre proseguirán; a tener un mayor espíritu solidario y a crear conciencia
que lo material (el consumo), si bien es una de las bases del crecimiento de un
país, no lo es todo.
Los sectores
medios están esperando una oferta gubernamental que los incluya también a
ellos; no se trata sólo de simples pagadores de impuestos. En el campo de la
educación, de la ciencia y la tecnología, la defensa del ambiente, y en la
cultura, es que pueden desarrollarse proyectos que los entusiasmen. El mundo
innova, se desarrolla, planifica y desarrolla estrategias de crecimiento.
Argentina debería integrarse desde su propia cultura, resolviendo sus problemas
de inestabilidad, de autoengaño, y de desidia para enfrentar sus problemas.
Caso contrario seguirá dividida, atomizada y sus mejores valores emigrarán
hacia rumbos más esperanzadores, pese a las contradicciones culturales que ello
acarrea.
Cuando un
sistema o software de gobierno no sirve más, resulta más barato cambiarlo que
arreglarlo o emparcharlo. Se puede hacerlo mediante un plan o bien la realidad
lo va a ejecutar inexorablemente.
(*) Presidente
de la Fundación Saber Como.
NdR, 17
febrero de 2020.