#Vivaelrockandroll
Por: Federico
Pérez (*).
La tradición rocker
de romper guitarra al final de una gran actuación posiblemente estremezca al sector
de la audiencia no habituado a esta variante musical, como en parte se expresó
por el lado sudeste en el más reciente show de Emanuel Cárdenas. El guitarrista
cerró de esta forma su desempeño en tablas, el pasado fin de semana en las
fiestas patronales de la ciudad de Joaquín V. González.
Desde Kurt
Cobain hasta Norberto “Pappo” Napolitano, pasando por Gustavo Cerati (gira 2007
Me verás volver), Jimi Hendrix y tantos músicos más, este ritual sintetiza el
espíritu indomable, rebelde y contestatario que distingue al rock de otros
estilos. La historiografía describe a Pete Townshend como iniciador de esta
costumbre, luego asumida como ofrenda a la audiencia, en señal de entrega
total. Y también como un mensaje tácito para el show siguiente: algo equivalente
a decir “a ver quién se atreve a dar todo como nosotros acabamos de hacerlo”.
El anecdotario
rocker narra que allá por 1964 Townshend y los futuros The Who -cuando todavía actuaban
con el nombre The High Numbers- tocaban en un pub diminuto y maloliente, en
medio de tufo a cerveza y cigarrillos. A tal punto que en mitad del concierto
al guitarrista se le enganchó el clavijero con el techo, pero al percatarse que
ninguno de sus compañeros había reparado en el inconveniente, decidió estrellar
la guitarra contra el amplificador.
Decidido a
seguir en esta línea de acción, “procedi a hacer un gran escándalo rompiendo la
guitarra”, rememoró en 1968 en una entrevista con la Rolling Stone. “Me
abalancé por todo el escenario con ella y tiré los trozos al escenario, tomé mi
guitarra de repuesto y seguí como si realmente quisiera hacerlo”, recordó Pete
Townshend. El diario londinense Daily Mail había dicho que el guitarrista y su
banda pronto serían tapa, si seguían rompiendo guitarras. Si bien el matutino
no cumplió, el músico siguió con el ritual “y no he dejado de hacerlo desde
entonces”, completó.
Una década y
monedas más atrás, Jerry Lee Lewis y el jazzero Charles Mingus eran antecedidos
por la fama de romper instrumentos en el tramo final de sus shows. Esta
tradición emparda con el sentimiento del músico acomodándose a una conjetura
como si esa actuación fuese la última por dar en su vida. La pregunta del
productor Sam Phillips a Johny Cash en la primera audición en Sun Records: “Si
te apretase un camión y tuvieras la oportunidad de cantar una última canción,
una que realmente sientas. Cuál sería”?
Este hilvanado nos
lleva hasta el 18 de junio de 1967, en el festival Monterey Pop, cuando Jimi
Hendrix le dio su toque personal al ritual antes hecho por su amigo Townshend.
Su mánager le había sugerido si, tal vez, le interesaría quemar su guitarra
Fender. Así fue que Hendrix la encendió, luego la hizo girar a la vuelta suyo
como si fuese una antorcha, y eso enloqueció al público.
Otro destructor
de guitarras oriundo de Seattle -igual que Hendrix- fue Kurt Cobain, alma mater
de Nirvana. En un ya famoso show en
Reading (Reino Unido), en 1992, puso en practica esta ceremonia en medio del
delirio del público inglés. 15 años más tarde, en 2007, lo siguió Win Butler
(Arcade Fire) en una actuación televisiva en Saturday Night Live.
En tanto, es
mundialmente famosa las Fender destrozadas por Ritchie Blackmore -admirado por
Cárdenas- en el festival California Jam, en 1974. Lo mismo que los guitarrazos
con que Pappo desalentó, en 1982, a un grupo de patoteros que suministraban
cadenazos al grupo Los Violadores. O las seis cuerdas de la Ibanez pulverizada
por Gustavo Cerati, en la última gira con Soda Stereo. O bien, la famosa toma
en que Paul Simonon destroza su bajo, en la foto luego utilizada como tapa de “London
calling”, de The Clash.
El guitarrista
y cantante Paul Stanley (Kiss), dijo en 2016 al portal All music que “la idea de
destrozar una guitarra de forma casi ritual es algo tan cool y toca la fibra
sensible de tanta gente que me pareció una forma genial de poner un punto y
final o de poner los puntos sobre las íes al final de un concierto: que esto es
finito, que esto se ha acabado, es el clímax”.
Ciertamente,
habrá quienes prefieran declararse escandalizados al ver una guitarra
convertida en astillas al término de una gran actuación rockera. Una muestra de
rebeldía tan necesaria, aunque poco habitual en estos catastros. Pero es lo que
tiende a darle larga vida al rock.
(*) NdR, 12 de
agosto de 2023.