Por: Guido Lapa (*).
Con el fin de
la campaña electoral ha quedado expuesto una realidad que desde hace meses
denunciamos en Prensa Obrera: el Banco Central de la República Argentina (BCRA)
tiene patrimonio negativo y es totalmente incapaz de enfrentar las turbulencias
que se vienen. Lo que ayer era negado por los principales comentaristas
económicos del mainstream, se ha convertido hoy en una verdad de
Perogrullo.
Las reservas
cayeron más de 23.000 millones de dólares desde las Paso y lo hicieron,
solamente entre jueves y viernes, más de 2500 millones en un intento fallido
del gobierno por contener la estampida al dólar, que tocó su máximo precio
nominal desde la post convertibilidad.
El problema que
se manifiesta como una crisis financiera tiene en realidad raíces mucho más profundas.
El endeudamiento record realizado durante los últimos años no implicó ninguna
clase de inversión productiva y se destinó exclusivamente a la especulación
financiera. Esto no es una consecuencia del modelo macrista como nos quiere
hacer creer el kirchnerismo sino de la crisis mundial que no le ofrece a los
capitalistas la rentabilidad que esperan en caso de invertir en la economía
real. Este fenómeno que se vive en todo el mundo se expresa con especial
crudeza en nuestro país.
Del default
al puré, del puré al default
El vaciamiento
de las arcas del Central viene de larga data y atravesó distintos gobiernos.
Sin embargo, lo que se vivió en el último tiempo supera en cuanto a celeridad,
volatilidad y vértigo cualquier experiencia reciente. La fuga de capitales
financiada por el Central como una política de Estado acrecentó enormemente la
bancarrota y derivó, entre otras cosas, en el default que anunció el ministro
de Hacienda, Hernán Lacunza, bajo el eufemismo del “reperfilamiento”.
La devaluación
post Paso y el “dólar razonable” a $60 que acordaron Macri y Fernández
estuvieron acompañados por la tasa de interés nominal más alta del mundo y por
la venta diaria de más de 100 millones de dólares diarios en promedio por parte
del BCRA. La implementación del cepo dio lugar a una brecha entre el dólar
oficial de 60 –que fue utilizado por el macrismo como una herramienta
electoral- y el dólar blue o el contado con liqui que usan los grandes
operadores, que terminó superando el 35% y ofreciendo una rentabilidad muy
significativa en dólares. Ha vuelto el rentable mecanismo de comprar en el
oficial y vender en el paralelo, conocido como "puré".
Llegamos a las
vísperas de las elecciones con la evidencia de que el pago de la deuda externa
se ha convertido en una traba absoluta para el desarrollo nacional, para
sostener el valor de la moneda propia y que es totalmente incompatible con
cualquier reivindicación obrera, dada la constante caída del salario real. En
esto juega un papel fundamental el persistente aumento de los precios. Contra
sus predicciones de que sería un problema menor, el macrismo termina su mandato
sin haber podido dominar la inflación en ningún momento y con las perspectivas
de acabar en un escenario de hiperinflación.
Sobre
depósitos y reservas
La erosión
constante de las reservas internacionales parece no tener fin, algunos días
bajo la forma de goteo y otros de tormenta. Se suman 60 días consecutivos de
caída de las reservas que comprometen la situación financiera con la cual el
gobierno va a entregar el poder en diciembre, si es que llega a ese
momento.
Más allá de que
las reservas brutas sigan figurando por encima de los 40.000 millones de
dólares, el verdadero problema radica en las reservas netas, es decir
descontados los préstamos, las letras intransferibles y el swap con China. Ahí
el panorama empieza a ennegrecer siendo que quedarían menos de 10.000 millones
y con una cantidad de vencimientos de deuda por delante que absorberían
prácticamente la totalidad de estos fondos.
Eso no es todo:
la situación puede empeorar en la medida en que se sostenga el actual esquema
cambiario, con el cual se fugaron en los últimos dos meses cerca del 30% de los
depósitos tanto en pesos como en dólares, dejando un escenario extremadamente
delicado en términos de solidez bancaria y abonando el terreno para una futura
corrida bancaria. Para colmo, los propios bancos se niegan a renovar Leliqs y
se han pasado cada vez con más vigor a los pases que renuevan diariamente, y
que acumulan a la fecha más de 200.000 millones de pesos de otro pasivo del
BCRA.
En síntesis, se
van acumulando las condiciones para una tormenta perfecta de la cual ninguna de
las políticas en danza podría alejarnos. Tenemos un Banco Central
extremadamente endeudado, con bombas de tiempo con la mecha encendida y un
sometimiento al FMI y los grandes fondos de inversión que es como patalear en
arenas movedizas. El problema no es financiero, ni se trata de la falsa
polarización entre políticas económicas, sino de una crisis mundial capitalista
donde el bote argentino se encuentra a la deriva de una tempestad
internacional.
El próximo
lunes comenzará un cogobierno más explícito que el que se dio con posterioridad
a las Paso. Un endurecimiento del cepo se da por descontado, pero será incapaz
de frenar el aumento espiralado entre el dólar y la inflación, por lo que no
podemos descartar que la situación termine de desbarrancar y nos encontremos en
un escenario de hiperinflación y corrida cambiaria y bancaria.
La
nacionalización de la banca para terminar con la fuga de capitales, sostener el
ahorro interno dentro del país y valerse de él para un desarrollo industrial se
presentan ahora con más valor que nunca. Así como el desconocimiento de la
deuda usuraria y su repudio como política esencial para la refundación del país
sobre nuevas bases sociales.
(*) Prensa
Obrera, 27 de octubre de 2019.