#Falaciaspostmo
#Protagonismotribunero
F.P.
El cantante
británico Harry Styles vivando al público argentino, el fervor en tribunas
hacia el seleccionado albiceleste en el estadio Ahmed bin Ali, las 650 mil
personas que asistieron a los 10 shows de Coldplay en River. Rasgos que para
algunos son indicativos de lo inigualable que somos los paisanos criollos y que
los destinatarios de tales expresiones debieran tomar nota. Pero con lo cual
desde NdR nos permitimos discrepar parcialmente.
Sin dudas, la
creencia en lo irrepetible de estas expresiones masivas no deja de ser una
cuestión interna, de cada uno, por más que se fotocopie cientos o miles de
veces en otras mentes. Una conjetura desde el punto de vista del sentido común,
pero que por más veces que se reitere resultaría incapaz de probarla o
descartarla, aún en su condición de presuposición provisoria.
De hecho, la
exclusividad de los gestos de Styles [NdR: al vivar al equipo de Scaloni que a
esa hora disputaba el match con Australia] o de cualquier otro artista o banda
pop/rock que da un show en nuestro país bien puede ser hija de la gentileza o
de la impostación. Al fin y al cabo, un concierto nunca deja de ser una
actuación, una puesta en escena, por lo cual es posible –hasta deseable- que lo
anterior no tenga mayor intervención en el espectáculo y/o en las composiciones
de la cual estas celebraciones con mucha gente son su industria.
De manera
parecida, el reconocimiento del seleccionado argentino de fútbol al público que
alentó hasta el último minuto en el choque con los australianos, posiblemente
deba decodificarse sólo como un agradecimiento. Dado que el resultado en esta
disciplina no es susceptible de modificarse a través de los deseos –por más
potentes que éstos sean- del público, respecto al desempeño del grupo de
deportistas. La diferencia del Campeón o el Derrotado transita por otros
carriles.
Si bastara
reunir una mayoría de público alentando a un equipo para ganar un torneo mundial
de FIFA, ello quedaría inmediatamente refutado con el ejemplo del Maracanazo
del 50, el 1-7 del Brasil-Alemania en 2014 o el más reciente desbarranque del
seleccionado catarí en el torneo todavía en desarrollo.
Algo similar
es lo que se puede inferir del más de medio millón de testigos presenciales en
la decena de actuaciones a cargo del grupo Coldplay, en el Monumental. Si bien
los muchachos de Chris Martin emitieron algunos guiños a la cultura criolla
(artistas locales en la apertura, otros invitados al escenario principal y
alguna versión de temas de Soda Stereo), esto no tuvo la menor influencia en la
composición de canciones como “My universe”, o de “Viva la vida”, por las que
luego, acá, fueron vitoreados.
Es posible
que la pérdida de popularidad de algunas instituciones culturales (medios de
prensa a la cabeza) explique, en reemplazo, la voracidad por lo masivo. Tal propensión
dirigida al supuesto de “lo que quiere la gente” se asemeja más al interrogante
no resuelto, respecto a cómo lograr algún grado de aceptación. No es casualidad
que ello suceda en esta era, donde “todo lo sólido se desvanece en el aire”,
diría Marshall Berman, tomando una frase de El Capital (Karl Marx).
Unas tres
décadas hacia atrás, resultaría impensable –salvo situaciones excepcionales- un
músico de rock imaginando canciones acordes a conseguir respuesta inmediata en
su público potencial y que luego éste se asumiese titular en algún porcentaje
de tal composición o en su ejecución en vivo. Alguna vez, Robert Plant contó
que compusieron “Black Dog” -incluida en su afamado disco Led Zeppelin IV-
imaginando que en los shows el público fallaría al intentar dar saltos
regulares [NdR: aún más, el conjunto británico se inspiró en “Electric Mud” del
bluesero Muddy Waters y en “Smokestack Lightning” de Howlin Wolf].
En general,
los músicos suelen resaltar la recepción fervorosa de su auditorio y reclamarla
cuando ésta no sucede con la intensidad esperada. Tanto en Argentina como en
diversas partes del mundo. Ocurre algo similar con los jugadores de fútbol,
algunos de ellos con auténticas virtudes de artista, en respuesta al éxtasis en
las tribunas y plateas o ante alguna tardanza para que esta suceda.
Precisamente,
este domingo el escritor Rodolfo Bracelli le puso signos de exclamación a
dichos estallidos. Al entender, más allá de las notas de color “periodísticas”,
en clave de aviso anticipado a “la euforia” como “depresión al revés”. Por lo
que tales altibajos, en última instancia, ceden ante la realidad. Y lo mejor es
estar preparado, tanto para la victoria, como para la derrota; ya que “la vida
siempre continúa”.
Una recomendación
bastante razonable, útil para distinguir entre las sensaciones que cada prójimo
abriga en su interior de lo que, más allá de motivaciones personales, ocurre en
la realidad. No es poco en días en los que muchas voces intentan ponderar lo
anti racional proponernos seguir el camino opuesto.
A lo mejor
sea instante para rememorar que el creador y su obra tienen su mecánica interna,
relación que casi nada tiene que ver son la posterior recepción entre los
destinatarios. Aunque esto aparente ser una contradicción, será necesario tener
en cuenta cómo funcionan las cosas en este mundo. Es la fuente de inspiración
que antaño se denominaba “musa”, de la que generalmente carecen los papanatas y
correveidiles.
NdR, 4 de
diciembre de 2022.