#Borgesylosderechoshumanos
#Paradojasrioplatenses
F.P.
Entre los
pliegues de la rivalidad de cancha, aún permanece oculta para las inmensas mayorías
el nexo que el autor de “El aleph” mantuvo con la última dictadura
cívico-militar. Es algo así como un Argentina-Alemania, un River-Boca, o un
Newells-Central cada debate asaderil acerca de qué figura pública fue más o
menos cercana de la gavilla que asaltó el poder criollo hacia 1976.
Por lo cual,
en una confrontación Borges-Sábato el literato de Santos Lugares tal vez
resulte beneficiado por su desempeño en la CONADEP. En tanto, los detractores
propenderán a la ponderación del primero como un facho-friendly, dado su declarado
fervor antiperuca [NdR: el cual remite a fines de los 40 cuando fue reducido a
inspector de aves, degradación que sucedió a su anterior nombramiento como
director de la Biblioteca Nacional].
Sin embargo,
es menos conocido que el ferviente admirador de Pink Floyd –Borges- rectificó
tempranamente su respaldo a la junta militar y hacia 1980 condenó abiertamente
a la pandilla criminal instalada a punta de pistola en Balcarce 50. En ese año,
el diario español El País reseñó que JLB “ha conmocionado a sus conciudadanos
criticando por vez primera el régimen del general Videla”.
Como recordó
días pasados el abogado y periodista Pablo Llonto, el autor de “Historia
universal de la infamia”, incluso se disculpó con los familiares de
detenidos-desaparecidos por tal reacción tardía, debido a su problema de ceguera
que le impedía la lectura de diarios [NdR: lo que de todas maneras no hubiese
servido de nada, dada la censura y la autocensutra imperante]. Esto en lo
personal, ya que hacia 1979 y 1980 –con los triunfos en el Mundial 1978 y el
juvenil del año siguiente- eran pocos los que izaban el índice inquisidor hacia
los milicos.
El literato
alumbrado en una casa de calle Tucumán 840 solía cultivar amistades bien
circunscriptas. Principalmente, con Adolfo Bioy Casares como también con
Victoria y Silvina Ocampos, no tanto por sus maneras aristocráticas, sino, más
bien por la deliciosa oratoria del terceto antes mencionado.
La cuestión
es que con el autor de “El túnel”, poco y nada. Es probable que nunca hubiesen
intercambiado pareceres en relación a la cuestión del gobierno de facto, al
menos cara a cara [NdR: aunque alguna leyenda propende a señalar ocasión según
la cual se produjo tal intercambio, una mañana en la que Sábato visitó a
Borges, quien garabateaba en un papel “aiaiaiopaieio”, descartada en un tacho
de residuos y luego rescatada por su interlocutor].
Sin dudas,
Sábato resulta una figura antiperuca más amigable para los degustadores de
solapas de libros (pero no de su contenido). Dada su construcción de un Belcebú
y un Baal Fagor que indignó a militantes por los Derechos Humanos, en la línea
de la recientemente fallecida Hebe de Bonafini, el literato de Santos Lugares
se instaló en dicho pedestal a los ojos de tal sector. Pero su participación en
dichos asuntos sucedería recién hacia
1985.
Antes, hacia el
75 y 76 ambos ambas figuras literarias habían acercado posiciones y luego
compartido un almuerzo con el dictador Jorge Rafael Videla. El mencionado
anfitrión, como resulta sencillo suponer, se manejó taimadamente y las
atrocidades luego perpetradas emergieron a través de relatos orales o alguna
que otra publicación de medios de prensa internacionales.
El
pronunciamiento de Borges contra la dictadura cívico militar, publicado en el
diario La Prensa en 1980, agilizó su agenda internacional. De hecho, retomó sus
conferencias en diversas naciones del globo terráqueo, luego de firmar
solicitadas públicas junto a la Liga Argentina por los Derechos Humanos. En
ellas, pedían la aparición con vida o el testimonio formal en cuanto al
paradero de miles de argentinos.
Un 13 de
agosto de 1980, Borges firmó (junto a Bioy Casares, entre otras figuras) una
carta abierta publicada en el diario Clarín. Allí, junto a Madres de Plaza de
Mayo y familiares de detenidos y desaparecidos, exigió que los militares
publicasen el paradero de los miles de connacionales encarcelados
clandestinamente, torturados y asesinados. Un compromiso que el autor de “Arte
de injuriar” había asumido unos días antes, cuando en su departamento de calle
Maipú recibió a dos madres.
NdR, 21 de
noviembre de 2022.