
El rayo de los sin gracia

Por: Federico Pérez. 
Habrá un tiempo de gracia hasta acostumbrarnos a los hábitos legados por la pandemia, como lo habrá para amoldarnos a un estilo de conducción audiovisual incipiente en estos momentos de crisis. La remontada hasta volver a pavonearse con el cetro de Caja Boba está en marcha, tal como parece haberse puesto de manifiesto con el éxodo forzado –e ilegal- del periodista Elio Daniel Rodríguez, de la señal 10 de la televisión abierta capitalina.
Contra la vigencia de un Decreto de Necesidad y Urgencia del Ejecutivo nacional, el cual fulmina los despidos en medio de lo que dure la cuarentena, la baja fue confirmada por el experimentado reportero audiovisual. A lo que se suma el hecho indicativo, respecto a los motivos alegados por esta empresa para producirlo: un estilo “antiguo” y poco propenso a las cabriolas o al cocoliche, en la conducción de un noticiero.
Con una modalidad que muchos podrían encuadrar como “sobria”, más que antigua, tal parece que la empresa demandaba una variante más circense que, además de negarse a incursionar, una inmensa mayoría de los televidentes locales tal vez le agradezcan de por vida a Rodríguez. En un mensaje que posiblemente desoigan otros colegas, en beneficio de la conservación de sus fuentes de empleo, aunque en desmedro de la paciencia del público.
Un consumidor-modelo que parecen tener en mente -si es que algo tienen- algunos dueños de medios audiovisuales capitalinos, es el que en una de esas se muestre hospitalario con algunas conductas de sus reporteros. Movileros jocosos con las proyecciones imaginarias –e inverosímiles- asignadas a funcionarios de la política, consultas en tono coloquial sobre el estado de salud de familiares de ministros, junto con chanzas varias. Todo muy risueño, entre los que se ríen de quienes cuentan algo para reír y en un espiral casi interminable, o bien inentendible.
Conductores de noticieros que sean capaces de rimar las dos o tres sílabas finales de un apellido con alguna parte del cuerpo, ciertos directivos de medios de comunicación estiman que los chistes puercos son transmisores de “buena onda”. Lo que demanda la comunicación para alternar con las noticias relativas a la pandemia, las que a pesar de su exactitud –y sobriedad- causan pesar en radioescuchas y televidentes.
Claro que si en la construcción imaginaria de este receptor modelo se lo subestima, se lo deprecia, el riesgo de tales envíos es caer en versiones pueriles en estas descargas de supuesta vibra positiva. Si fuera este estado de ánimo conceptualizado en término amplio, podríamos decir que los chistes marcan una tendencia “descendente”, en comparación al humor que es una acepción que apunta en dirección “ascendente”.
Los chistes, con diversa fortuna y reacción, pueden ser contados casi por cualquiera. Lo que cambiará su recepción será el contexto, el ámbito o el “medio”. Nunca será lo mismo relatar uno de estos chascarrillos en la fonda de la vuelta o en asados de amigos. Y definitivamente, algo muy diferente y desaconsejable hacerlo en un medio de comunicación.
En el código y las demás condiciones técnicas que caracterizan al lenguaje audiovisual, salvo un total desprecio por el ridículo, solamente el humor, es decir, la versión “ascendente” de la buena vibra, resultará más provechoso en formato diferente al de un noticiero. O sea, un programa de esparcimiento y diversión, lo que presupone horario y formato distinto. Una interpretación de lo enseñado a lo largo de décadas por quien dijo “el medio es el mensaje”. Un tal Marshall McLuhan,
NdR, 30 de abril de 2020. 
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